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22 de abril de 2015

ROGER McGOUGH : "Cuando nevaba..."





Cuando nevaba
La abuela decía
'Los ángeles están en una pelea de almohadas'

Cuando tronaba
Ella decía
'Los ángeles están moviendo los muebles'

Cuando el viento hacía temblar las ventanas
La abuela nos decía
'Los ángeles están soplando sobre la sopa caliente'

Cuando alguien moría
Ella nos decía
'Los ángeles tienen otro amigo con quien jugar'

Cuando la abuela se murió
Los ángeles también.

 

WENDY COPE de "Two Cures for love"





Hoy en día, si te ven leer poesía en el tren, el vagón se vacía instantáneamente".
Andrew Motion en una entrevista en The Guardian

Efectivamente, es cierto. He ido aquí y allá
bastante en tren. Muy a menudo explico
que si primera clase no pudiste pagar
un libro de poemas cómprate en su lugar.
Así, si encuentras los asientos ocupados,
enarbola tu Edward Thomas, Yeats o Pound.
A tus colegas de vagón, muy alterados,
no les apetecerá seguir allí sentados.
La sociología ferroviaria más reciente
muestra que leer en voz alta es lo mejor:
elige algún que otro fragmento y será suficiente
para quedarte a solas totalmente.
Esta táctica es una bendición para insociables
y muestra que la poesía sí que es indispensable.

WENDY COPE : "Flores"




Algunos hombres nunca lo piensan.
Tú sí, tú te presentabas
Y decías que casi me habías traído flores
Pero algo había ido mal.

La tienda había cerrado. O tuviste dudas -
De la clase que mentes como las nuestras
Tienen sin cesar. Pensaste que
Yo podría no querer tus flores

Aquello me hacía sonreír y abrazarte.
Ahora sólo puedo sonreír.
Pero, mira, las flores que casi trajiste
Han durado todo este tiempo.

WENDY COPE : "Pastoral"




Ojalá fuese una poeta provinciana
que hablase de la naturaleza.
Cuando pensase en los poetas de Londres
murmuraría siniestra: “los odio”.

Y fuera saldría a patear el campo, senderos salvajes
con mis vaqueros y botas camperas.
Una poeta provinciana no necesita carmín
ni medias ni chaquetas respetables.

El desorden de la vida urbanita, qué maravilla
deshacerse de ello
y pasar el tiempo en comunión con el todo,
sentada sobre un muro seco de piedra.

Y después de un largo día en comunión
deambular de vuelta a casa para un bocado,
luego al pub con gente de la auténtica,
que se pimpla doce pintas cada noche

para pasar las noches provincianas
sin tanto aburrimiento ni dolor.
¡Gente de verdad, tan sólida y tranquila
como un autobús de Londres bajo la lluvia!

Algún día iré a vivir al campo
y muchos cuadernillos llenaré
con mis observaciones sobre animales (todos
muertos porque están más quietos).

Ovejas muertas y conejos aplastados. Oh, me encantará.
Mi rostro estará calmado y bronceado
y brillará de amor por toda la creación
exceptuando a los poetas urbanitas.

WENDY COPE : "A las 3 de la madrugada"




No hay sonido alguno en el cuarto
salvo el tictac del reloj
que ha comenzado a asustarse
como un bichito atrapado
en una enorme caja.

Libros yacen abiertos sobre la alfombra.

En otro lugar
estás tú dormido
y junto a ti una mujer
que llora suavemente
para que no te despiertes.

WENDY COPE : "Tras el almuerzo"




En el puente de Waterloo, donde nos dijimos adiós,
las condiciones meteorológicas me hacen llorar.
Me las seco con uno de mis negros guantes de lana
y trato de no darme cuenta de que me he enamorado.

En el puente de Waterloo intento pensar:
No es nada. Estás colocada de carisma y alcohol.
Pero en la gramola que llevo dentro suena una canción
que dice otra cosa. ¿Y cuándo no ha acertado?

En el puente de Waterloo con el viento en el pelo
estoy tentada de saltar. Estás idiota. Me da igual.
La cabeza hace lo que puede pero manda el corazón:
lo reconozco antes de llegar a cruzar al otro lado.

PHILIP LARKIN : "El álbum"






Al fin sacaste el álbum que, una vez
abierto, me dejó estupefacto. ¡Todas tus edades
en mate y brillo sobre las páginas negras!
Demasiado dulce, demasiado indigesto:
me ahogan esas imágenes tan nutritivas.

Mi ojo giratorio va de una pose a otra:
con trenzas, agarrando un gato reacio;
o con pieles, una encantadora licenciada;
o levantando una gruesa rosa
bajo un espaldar, con un sombrero de hombre

(un detalle perturbador, por varios motivos):
de todos lados escapas a mi control,
sobre todo acompañada de esos inquietantes individuos
que campan a sus anchas en una época anterior:
yo diría, querida, que no son de tu clase.

Pero ¡oh, fotografía! ¡No hay otro arte
tan fiel y decepcionante! Registra el tedio
como tedio, y las sonrisas forzadas
como fraudes, y no censura imperfecciones
en forma de tendedero o algún anuncio.

Pero muestra renuente al gato, y sombrea
la papada cuando aparece, ¡cuánta gracia
derrama en tu cara la inocencia!
¡Hasta qué punto nos convence
de que eres una chica real en un lugar real,

en todos los sentidos empíricamente cierta!
¿O es solo el pasado? Esas flores, esa verja,
esos parques y coches entre la niebla, afligen
tan solo porque ya no existen; me encoges
el corazón por parecer de otra época.
Sí, cierto; pero al final, seguramente, lloramos
no solo por la exclusión, sino porque eso
nos permite llorar. Sabemos que lo que fue
no nos incitará a justificar
nuestra pena, por fuerte que gritemos

en el abismo entre ojo y página. Y así
te lloro (sin que vaya a tener importancia)
al verte en equilibrio sobre una bici contra una cerca;
me pregunto si advertirías el robo
de ésta en bañador; condenso, en suma,

un pasado que ahora nadie puede compartir,
tanto da a quien pertenezca tu futuro; calmo e insípido,
te contiene como un cielo, y tú permaneces
en él invariablemente hermosa,
con los años más pequeña y mas nítida.

PHILIP LARKIN : "Todo se fue alejando"




La mirada apenas los distingue
de la fresca sombra que los cobija,
hasta que el viento alborota la cola y la melena;
entonces uno pasta, da unos pasos
–el otro parece observarlo–
y se detiene de nuevo en su anonimato.

Sin embargo, hace quince años
quizá dos docenas de carreras bastaron
para que entraran en la leyenda: lentas tardes
de copas, apuestas y hándicaps,
en las que sus nombres quedaron grabados
en desvaídos junios clásicos.

Colores en la salida: recortados contra el cielo
números y parasoles: fuera
escuadrones de coches vacíos y el calor,
y desperdicios en la hierba: el grito prolongado
que queda flotando hasta que remite y se imprime
en las columnas de última hora de los periódicos.

¿Quizá los recuerdos rondan sus oídos como moscas?
Sacuden la cabeza. El crepúsculo llena las sombras.
Verano tras verano todo se fue alejando,
los cajones de salida, el gentío y los gritos:
todo menos esos apacibles prados.
Sus nombres sobreviven en los almanaques; pero ellos

han olvidado sus nombres, y descansan,
o emprenden un galope que debe ser de alegría,
y ya no los siguen los prismáticos
ni los vaticinios de un cronómetro impertinente:
solo el mozo, y el hijo del mozo,
con las bridas cuando llega la noche.

PHILIP LARKIN : "Querer"





Ella quiere una taza llena de tazas y fantasmas
de las lesbianas del siglo pasado; Yo quiero
un impecable apartamento, un ordenador rápido. Ella quiere un hogar
tres cuerdas de ceniza, un hacha; Yo quiero
un hornillo de gas limpio. Ella quiere una hilera de tarros:
avena, cilantro, aceite virgen;
No quiero guardar nada. Ella quiere frasquitos de perfume,
ropa de cama, de bebé, libros de recuerdos. Ella quiere las reuniones
de Wellesley. Yo quiero la reluciente tarima, la reflexión
del río. Ella quiere las gambas, el sudor y la sal;
Ella quiere chocolate. Yo quiero un raku,
de arroz cocinado al vapor. Ella quiere cabras,
pollitos, niñitos. Llantos y lactancia. Yo quiero
que el viento refrescante del río limpie las habitaciones.
Ella quiere cumpleaños, teatros, banderas, peonias.
Yo quiero palabras como láseres. Ella quiere la ternura
de una madre. El tacto anciano del río.
Yo quiero una mujer de ingenio rápido como una raposa.
Ella está en su ciudad, paseando
con el perro, escuchando el tañir de las campanas del viento, pensando
en los doce años de querer, aparte y a la vez.
Nos hemos besado todo el fin de semana; queremos
alejarnos cientos de millas e intentarlo de nuevo.

PHILIP LARKIN : "Viento de bodas"





Sopló el viento todo el día de mi boda,
y mi noche de bodas noche fue del alto viento;
y una puerta del establo hizo tal ruido, una y otra vez,
que él tuvo que salir para cerrarla, dejándome
estúpida a la luz de las velas, oyendo la lluvia,
viendo mi cara en ese candelero retorcido,
y no veía nada sin embargo.
Cuando volvió dijo que los caballos estaban intranquilos,
me entristecí porque esa noche
a hombre o bestia alguna le faltase
esa felicidad que yo tenía.
Ahora, en la mañana
todo se ha enredado bajo el sol por el soplar del viento.
Él salió a ver las inundaciones, yo
llevo un balde destartalado al gallinero,
lo pongo en el suelo y miro fijamente. Todo es viento
cazando los bosques y las nubes, azotando
mi delantal y los trapos tendidos.
¿Puede aguantarse que al capricho del viento,
como sarta de cuentas,
se enciendan mis acciones de ahora en adelante?
¿Me dejaré dormir ahora que comparte mi cama esta eterna mañana?
¿Aún puede la muerte secar los deleitosos lagos nuevos, concluir
nuestros lamentos de ganado junto a las aguas todo-generosas?

PHILIP LARKIN : "Es extraño"





Es extraño no saber nada, nunca estar seguro
de qué es verdad o correcto o real,
pero forzado a calificar o “Siento que”
o “Bueno, parece” o
“Alguien debe saber”.

Es extraño ignorar la forma como las cosas funcionan,
sus habilidades para encontrar lo que necesitan,
su sentido de la forma, la puntual semilla esparcida
y la voluntad de cambio;
sí, es extraño

incluso usar ese conocimiento para nuestra carne
que nos rodea con nuestras propias decisiones
y todavía gastar toda nuestra vida en imprecisiones.
Es por eso que cuando empezamos a morir
no tenemos ni idea del porqué.

PHILIP LARKIN : "Curación por la fe"





Lentamente las mujeres se ponen en fila donde él está
erguido con sus anteojos sin marco, cabellera plateada,
traje oscuro, cuello blanco. Los ordenanzas incansablemente
las persuaden hacia su voz y sus manos,
dentro de cuya primaveral agua tibia de lluvia de cuidado amoroso
cada una permanece unos veinte segundos. Y bien, hija querida,
qué te anda mal, pregunta la profunda voz nortemericana
y casi sin pausa, pasa a una oración dirigiendo a Dios sobre este ojo, aquella rodilla.
Las cabezas soportan las manos abruptas; luego, exiladas
como pensamientos que se pierden, se van en silencio; algunas
se pierden como ovejas, no vuelven a sus vidas otra vez
de inmediato; otras se quedan duras, estremeciéndose y con fuertes
y profundas lágrimas roncas, como si un chico mudo
e idiota todavía viviera dentro de ellas
para volver a despertar ante la bondad, pensando que una voz
finalmente las llama a ellas solas, que las manos han venido
para alzar y aligerar; y llega un gozo tal
que sus gruesas lenguas se desbocan, sus ojos derraman pena, un gentío
de grandes respuestas inaudibles empuja y se regocija…
¡Qué está mal! Bigotudos se sacuden en etiqueta florida:
ahora todo anda mal. En todos los de allí duerme
un sentido de la vida vivida según el amor.
Para algunos significa la diferencia que podrían hacer
amando a otros, pero en la mayoría ronda
todo lo que podrían haber hecho si los hubieran amado.
Eso nada cura. Un inmenso dolor que debilita,
como cuando, derritiéndose, el rígido paisaje solloza,
se despliega lentamente a través de ellos… eso, y la voz arriba
diciendo Hija mía, y todo lo que el tiempo ha refutado.


PHILIP LARKIN : "Oh, lobos del recuerdo"






Tras orinar, vuelvo a la cama a tientas,
abro espesas cortinas, y me asustan
la limpidez lunar, las nubes rápidas.

Las cuatro: yacen prados de sombras acuñadas
bajo un cielo profundo, cavado por el viento.
En todo esto hay algo muy risible:

la forma en que la luna cruza nubes que flotan
vagamente, como humo de cañón, apartándose
(abajo, una luz pétrea afila los tejados)

elevada y absurda y separada.
¡Pastilla del amor! ¡Medalla de arte!
¡Oh, lobos del recuerdo! ¡Inmensidades! No,

uno tiembla ligero al levantar los ojos.
La dureza, el fulgor y la sencilla
unidad trascendente de esa vasta mirada

son un recordatorio del dolor y la fuerza

de ser joven; que no pueden volver,

pero en algún lugar están en otros, íntegros

PHILIP LARKIN : "Un escritor"





"Interesante, pero vana", decía su diario,
donde día a día anotaba sus movimientos
y nada excepto sus amores motivaba pesquisas;
sabía, claro, que ninguna acción tiene recompensa,
que no hay premios: aunque el ojo pueda percibir
gran belleza en un gesto o un silencio,
es necesario no esperar paga más duradera
que el momentáneo aplauso de las tripas.

Vivió años y años y nunca se sorprendió:
un miembro de su raza idiota y mentirosa
encontró una explicación para sus vicios: se dio cuenta
que era un don que poseía en exclusiva:
mirar al mundo de frente y a la cara;
la cara que no notó que era la suya.


PHILIP LARKIN : "Otra vez el amor"





Otra vez el amor: cascársela a las tres y diez
(sin duda él ya se la habrá llevado a casa),
el dormitorio caliente como una panadería,
agotado el alcohol, sin haberme mostrado
cómo dar la talla mañana, o después,
y el dolor de siempre, como disentería.

Algún otro sintiendo sus pechos y su coño,
algún otro ahogándose en esa mirada repleta de pestañas,
y es de suponer que yo debo ignorarlo,
o encontrarlo gracioso, o que no me importe,
incluso... ¿pero por qué ponerlo en palabras?
Mejor aislar este elemento

que se extiende a través de otras vidas como un árbol
y que en cierto sentido las apremia
y explicar por qué en mi caso nunca funcionó.
Algo que tiene que ver con la violencia
de hace mucho tiempo, y las equivocadas recompensas,
y la arrogante eternidad.


PHILIP LARKIN : "Annus Mirabilis"




El intercambio sexual comenzó
en mil novecientos sesenta y tres
(un poco tarde para mí)
cuando le levantaron la censura al Chatterley
y los Beatles grabaron su primer Long Play.

Hasta entonces sólo había existido,
Algo así como un regateo,
peleas por un anillo,
un bochorno que empezaba a los dieciséis
y se extendía sobre todo.

Entonces paró de golpe la pelea:
todos sintieron lo mismo
y vivir se transformó para cada uno
en un brillante saltar sobre una pata,
en un juego imposible de perder.

Así que la vida nunca fue mejor
que en mil novecientos sesenta y tres
(un poco tarde para mí):
cuando le levantaron la censura al Chatterley
y los Beatles grabaron su primer Long Play.

PHILIP LARKIN : "Decepciones"




“Por supuesto que estaba drogada, como sería que no recuperé el conocimiento sino hasta el otro día. Me aterraba la idea de descubrir que estaba arruinada y por algunos días nada podía consolarme; y lloraba como una niñita pidiendo que me mataran o me enviaran de vuelta con mi tía”. Mayhew, London labour and the London poor.

Aun a la distancia puedo sentir el dolor
Amargo y punzante como estaca, te hace tragar saliva.
La huella ocasional del sol, la breve y enérgica
Preocupación de las ruedas allá fuera en la calle
Donde el Londres nupcial hace una reverencia para el otro lado,
Y la luz, incontestable, alta y amplia
Prohíbe a las heridas cicatrizar, y saca
 
A la vergüenza de su escondite. Todo el día, sin apuros,
Tu mente ha permanecido abierta como el cajón de los cuchillos.
Los suburbios, los años, finalmente han terminado por hundirte.
Aunque pudiera, no te consolaría. Qué podría decirte,
Salvo que el sufrimiento es exacto, aunque si
el deseo interviene, ¿podrían volverse erráticas las lecturas?
Porque a ti difícilmente te importaría
 
Haber estado menos engañada, allá fuera sobre esa cama,
De lo que él lo estaba, tropezando sin aliento con los escalones
Hasta irrumpir en el ático desolado de la satisfacción.

PHILIP LARKIN : "Los lugares, los amados"




No, nunca he encontrado un lugar
del que pudiera decir
Esta tierra es mía,
Aquí debería quedarme;
Tampoco he conocido a ese alguien especial
Que me exigiera al tiro
Todo lo que es mío
Hasta mi nombre;
Encontrar algo así parece probar
Que no quieres tener que elegir dónde
Echar raíces, o a quien amar;
Les pides que te echen fuera
Irrevocablemente,
De modo que no sea tu culpa
Si la ciudad se vuelve monótona
Y la muchacha una tonta.
Con todo, incluso perdiéndolas
Quedas obligado a actuar
Como si lo que te tranquilizara
De hecho, te destrozara;
Así que será más sabio que dejes
De pensar que aún podrías hallar
Lo que hasta ahora no has llamado
Tu mujer, tu lugar.

PHILIP LARKIN : "Dinero"




Es así: periódicamente el dinero me reprocha
por qué lo dejo aquí sin utilizar.
Soy lo que nunca tuviste, el sexo y las cosas buenas.
Tú puedes conseguirlas firmando unos cuantos cheques.
Entonces miro qué hacen los demás con el suyo:
seguramente no lo dejan debajo del colchón.
Ellos ya tienen una casa en la playa, un auto y una mujer:
está claro que el dinero alguna relación guarda con la vida
-en efecto, tienen mucho que ver si lo averiguas:
no puedes postergar la juventud hasta que  jubiles
y por más que deposites tu sueldo, al final
tus ahorros apenas te permitirán pagar una afeitada.
Escucho el canto del dinero. Es como mirar
desde lo alto de un ventanal una ciudad de provincia,
sus barrios, el canal, las iglesias adornadas y locas
bajo el sol de la tarde. Es intensamente triste.

PHILIP LARKIN : "Un sepulcro en Arundel"




    Lado a lado, los rostros borroneados,
    Yacen en piedra el conde y la condesa.
    En propios hábitos muestran vagamente
    Armadura ensamblada, arruga tiesa,
    E indicio del absurdo evanescente,
    Los dos perritos a sus pies echados.


    Semejante llaneza prebarroca
    Difícilmente el ojo compromete
    Hasta que al fin descubre un guantele
    Te vacío en la otra mano asido
    Y con súbito asombro tierno enfoca
    La mano que la de ella ha retenido.


    No pensarían yacer tiempo tan largo.
    La efigie de lealtad como testigo
    Era un detalle para los amigos,
    Y para el escultor un dulce encargo
    Llamado a prolongarles el enlace
    De los nombres latinos en la base.


    No se imaginarían cuán ligero
    En su supino estacionario viaje
    El aire haría un insondable ultraje
    Qquitándoles las viejas propiedades;
    Cuán rápido los ojos venideros
    Sólo miran, no leen. En las edades


    Ellos siguieron rígidos y unidos
    Por la anchura del tiempo. Cayó nieve
    Intemporal. La luz, cada verano
    Rebasó del cristal. Brillante y leve,
    Un bullicio de pájaros rociaba
    El pavimento de huesos retenidos.
    Incontable, alterado, un río humano
    Por todos los senderos se allegaba


    Desdibujando sus identidades.
    Ahora, inermes en el hueco de una
    Época sin heráldica ninguna,
    Una artesa de humo que se mece
    Como madejas, lentamente, invade
    Por encima los fragmentos de su historia,
    Y para su memoria
    Una actitud tan sólo permanece:


    El tiempo los ha transfigurado
    En no verdad. Y la lealtad que inscribe
    La piedra, y que acaso no han deseado,
    Blasón final se ha vuelto; y un aserto
    Que nuestro casi instinto es casi cierto:
    Es el amor lo que nos sobrevive.