22 de abril de 2015

PHILIP LARKIN : "Un sepulcro en Arundel"




    Lado a lado, los rostros borroneados,
    Yacen en piedra el conde y la condesa.
    En propios hábitos muestran vagamente
    Armadura ensamblada, arruga tiesa,
    E indicio del absurdo evanescente,
    Los dos perritos a sus pies echados.


    Semejante llaneza prebarroca
    Difícilmente el ojo compromete
    Hasta que al fin descubre un guantele
    Te vacío en la otra mano asido
    Y con súbito asombro tierno enfoca
    La mano que la de ella ha retenido.


    No pensarían yacer tiempo tan largo.
    La efigie de lealtad como testigo
    Era un detalle para los amigos,
    Y para el escultor un dulce encargo
    Llamado a prolongarles el enlace
    De los nombres latinos en la base.


    No se imaginarían cuán ligero
    En su supino estacionario viaje
    El aire haría un insondable ultraje
    Qquitándoles las viejas propiedades;
    Cuán rápido los ojos venideros
    Sólo miran, no leen. En las edades


    Ellos siguieron rígidos y unidos
    Por la anchura del tiempo. Cayó nieve
    Intemporal. La luz, cada verano
    Rebasó del cristal. Brillante y leve,
    Un bullicio de pájaros rociaba
    El pavimento de huesos retenidos.
    Incontable, alterado, un río humano
    Por todos los senderos se allegaba


    Desdibujando sus identidades.
    Ahora, inermes en el hueco de una
    Época sin heráldica ninguna,
    Una artesa de humo que se mece
    Como madejas, lentamente, invade
    Por encima los fragmentos de su historia,
    Y para su memoria
    Una actitud tan sólo permanece:


    El tiempo los ha transfigurado
    En no verdad. Y la lealtad que inscribe
    La piedra, y que acaso no han deseado,
    Blasón final se ha vuelto; y un aserto
    Que nuestro casi instinto es casi cierto:
    Es el amor lo que nos sobrevive.

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