- Lado a lado, los rostros borroneados,
Yacen en piedra el conde y la condesa.
En propios hábitos muestran vagamente
Armadura ensamblada, arruga tiesa,
E indicio del absurdo evanescente,
Los dos perritos a sus pies echados.
Semejante llaneza prebarroca
Difícilmente el ojo compromete
Hasta que al fin descubre un guantele
Te vacío en la otra mano asido
Y con súbito asombro tierno enfoca
La mano que la de ella ha retenido.
No pensarían yacer tiempo tan largo.
La efigie de lealtad como testigo
Era un detalle para los amigos,
Y para el escultor un dulce encargo
Llamado a prolongarles el enlace
De los nombres latinos en la base.
No se imaginarían cuán ligero
En su supino estacionario viaje
El aire haría un insondable ultraje
Qquitándoles las viejas propiedades;
Cuán rápido los ojos venideros
Sólo miran, no leen. En las edades
Ellos siguieron rígidos y unidos
Por la anchura del tiempo. Cayó nieve
Intemporal. La luz, cada verano
Rebasó del cristal. Brillante y leve,
Un bullicio de pájaros rociaba
El pavimento de huesos retenidos.
Incontable, alterado, un río humano
Por todos los senderos se allegaba
Desdibujando sus identidades.
Ahora, inermes en el hueco de una
Época sin heráldica ninguna,
Una artesa de humo que se mece
Como madejas, lentamente, invade
Por encima los fragmentos de su historia,
Y para su memoria
Una actitud tan sólo permanece:
El tiempo los ha transfigurado
En no verdad. Y la lealtad que inscribe
La piedra, y que acaso no han deseado,
Blasón final se ha vuelto; y un aserto
Que nuestro casi instinto es casi cierto:
Es el amor lo que nos sobrevive.

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