Mostrando entradas con la etiqueta poesia serbia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poesia serbia. Mostrar todas las entradas

16 de abril de 2015

CHARLES SIMIC - "Diciembre"





Nieva
entre ruinas
convertidas
en hombre-anuncio:

uno proclama
el fin del mundo
el otro los precios
de una peluquería del barrio


CHARLES SIMIC - "Carnicería"





A veces, mientras paseo en la noche,
me detengo ante una carnicería cerrada.
Hay una sola luz encendida
como la luz en la que el convicto cava su túnel.

Un mandil cuelga de un gancho,
manchado de sangre como un mapa
de los amplios continentes de la sangre,
de los amplios ríos y océanos de sangre.

Hay cuchillos que fulgen como altares
de una oscura iglesia
donde inválidos e idiotas
son traídos para la cura.

Hay una tabla de madera donde se rompen huesos.
Ha sido refregada y está limpia,
cauce reseco donde me alimento,
donde, en lo más hondo de la noche, escucho una voz.


CHARLES SIMIC - "Álgebra crepuscular"





Aquella loca sostenía un pedazo de tiza
y dibujaba equis en la espalda de las parejas:
pero ellos y ellas se alejaban
cogidos de la mano
y no se enteraban de nada.

Era invierno. Noche temprana.
No se podía ver su rostro.
Iba y venía como un cuervo,
como movida por el viento,
envuelta en mil harapos, furtiva.

Un niño debió de darle la tiza.
Lo buscamos entre la multitud
esperando encontrar
a un chico pálido, muy serio,
con un trozo de pizarra negra en el bolsillo.


14 de abril de 2015

CHARLES SIMIC - "La soledad en los hoteles"




A los que vas para esconderte de todo el mundo
en una ciudad a la que la gente va por otras razones,
en una habitación con un cartel de No Molestar
colgado de la puerta día y noche
mientras te sientas en ropa interior
mirando fijamente la pantalla apagada del televisor durante horas

esperando a que pase la medianoche para escurrirte
tras el mostrador de recepción y visitar
algún turbio antro del vecindario
donde tomar una cerveza o dos y comer algo
y después un paseo por las calles oscuras y desiertas
sin prisa ni dirección alguna

antes de regresar a la cama al amanecer
para tumbarte despierto a escuchar la lluvia
mientras las hojas del otro lado de la ventana
adquieren el color del fuego, ese fuego que leíste
que comenzó un muchacho en la iglesia
para impresionar a su pálida y silenciosa novia.

CHARLES SIMIC - "Lo que las gitanas revelaron a mi abuela cuando aún era joven"




La guerra, la enfermedad y el hambre te harán su nieta favorita.
Serás como el ciego que ve una película muda.
Picarás cebolla y trozos de corazón en la misma sartén caliente.
Tus hijos dormirán en una maleta atada con sogas.
Tu esposo te besará cada noche los pechos como si fueran dos lápidas.

Ya vuelan los cuervos por ti y por tu gente.
Tu hijo mayor yacerá con moscas en los labios sin sonreír ni levantar la mano.
Envidiarás a cada hormiga que conozcas en la vida y a cada maleza al lado del camino.
Tu cuerpo y tu alma se sentarán en postes separados masticando el mismo chicle.

“Bella muchacha, ¿estás a la venta?”, dirá el diablo.
El sepulturero comprará un juguete a tu nieto.
Tu mente será un nido de avispas aun en tu lecho mortuorio.
Le rezarás a Dios pero Él colgará un letrero que diga “Favor de no molestar”.
No preguntes más: eso es lo que sabemos.

CHARLES SIMIC - "Espejos a las cuatro de la mañana"




Debes acercarte a ellos oblicuamente
En cuartos enmarañados de sombras,
Echar un vistazo a su vacío
Sin que te descubran
Y devuelvan la mirada.

El secreto es
Que para ellos hasta una cama desierta resulta una carga,
Una mera vanidad.
Son más ellos mismos con
La compañía de una pared en blanco,
La compañía del tiempo y la eternidad,

Que, ruego me disculpes,
No arrojan ninguna imagen
Al admirarse en el espejo,
Mientras tú permaneces a un lado
Y extraes un pañuelo
Para secarte la frente con gesto furtivo.

CHARLES SIMIC - "Yo y mi insomnio"




Yo no habría sido el mismo hombre si hubiese podido dormir bien a lo largo de mi vida.

Todo empezó cuando tenía doce años. Me enamoré. Me tendía en la oscuridad tratando de imaginar que había bajo su negra falda. Creía que su nombre era María, pero en realidad era Insomnia.

Con una vida llena de problemas, Insomnia siempre me ayudo a enfrentar mi temor a la oscuridad.

Éramos jóvenes amantes. No le ocultaba nada. Nuestros silencios eran tan elocuentes como el habla.

La mayoría del tiempo me resistía a las ganas de moverme y de dar vueltas . No pestañeaba. Trataba de no tragar saliva. Ni siquiera movía la lengua.

Mi mente era como Ulises. emprendíamos largos viajes marítimos. Con frecuencia nos encontrábamos en los mares del sur y en China. Sentíamos miedo en Londres y en el San Petersburgo decimónicos.

Sin embargo, la mayoría de las veces estábamos en calma. Igual que el cuervo de Noé practicábamos el reconocimiento de nuestra galaxia. Acróbatas del abismo, nos enfrentábamos a lo inefable.

Sostuvimos múltiples conversaciones con antiguos filósofos, místicos y prisioneros en campos de concentración.

“Estoy despierto porque no quiero que mi futuro me sorprenda”, dijo uno de ellos.

“Sólo quien se mantiene despierto es libre”, dijo otro.

El horror a la conciencia, la película favorita de todo el mundo.

A menudo me sentía como el alumno condenado a escribir el mismo par de lecciones en el pizarrón.

Mis zapatos, con sus rotas agujetas llenas de nudos, permanecían en un rincón.

El tiempo se desvanecía. Ebria con su bebida favorita de melancolía, la eternidad me echaba su aliento en la cara.

Mis pulgas tampoco dormían.

Ocasionalmente, subía por mi propia escalera privada hasta el rincón más oscuro del cielo. Era como un club nocturno vacío con un trágico menú colocado en cada mesa.

¡Oh, alma que nadie espera en ninguna parte!

Con frecuencia el niño que fui venía a visitarme. Quería mostrarme cosas en un teatro de cortinas rojas carcomidas por ratones. Yo aceptaba con renuencia ya que, obviamente, él no existía. Podría haberme hecho caminar hacia atrás en la cuerda floja con los ojos vendados.

Un domingo, en el bosque, nos topamos con una pareja que yacía en el suelo. Nosotros íbamos tomados de la mano, temerosos de extraviarnos, cuando vimos lo que tomamos por un claro nevado. En un punto muy poco visitado, nos encontramos con la pareja abrazada: ambos se estrechaban desnudos, sobre el helado suelo… El bosque tenía un tenue tono púrpura… un pájaro trinaba pero guardó silencio cuando nos alejábamos.

Siempre creía lo peor a las 3 a.m. Me acostaba y me quedaba rígido, contando mis latidos hasta llegar a más de mil.

Fingía creer en el futuro, pero aún así, tenía ataques de dudas. Incluso cuando dormía profundamente soñaba que estaba despierto.

Mi conciencia sabía lo que hacía. Me tenía bajo una continua y estricta vigilancia. Yo tenía una teoría: Dios no tiene miedo al demonio, sino a los insomnes.

Mi amada leía novelas victorianas durante la noche mientras yo leía libros de historia y novelas de misterio. El ruido que hacíamos al cambiar las páginas hacía que temblaran los ratones en las paredes. El ángel de la muerte se ponía sus gruesos lentes para atisbar por encima de nuestros hombros.

¡Tantos jueces y tan poca justicia en el mundo! Durante el quinto año se me ocurrió que el asesinato es una forma de arte popular. Siguen perfeccionándola sin que jamás les satisfagan los resultados.

“¡Larga vida a la hermandad de los insomnes!”, grité, mientras la horca me apretaba el cuello, pero todo lo que los demás escucharon fue el rechinido de los viejos resortes de mi cama.

Y entonces, justo cuando clareaba el día, sonreía al sentir que mi amada se apartaba de mi lado.

CHARLES SIMIC de "Hotel Insomnio"




La silla

Esta silla fue una vez alumna de Euclides.

El libro de sus leyes reposa sobre su asiento.
Las ventanas de la escuela estaban abiertas,
De suerte que el viento volteaba las páginas
Susurando las gloriosas pruebas.

El sol se puso sobre los dorados tejados.
Por todas partes las sombras se alargaron,
Pero Euclides no dijo nada de eso.




Guante perdido

He aquí un guante negro de mujer.
Debe haber significado algo.
Un considerado extraño lo dejó
sobre el buzón rojo de la esquina.

Por tres días el cielo estuvo agitado,
luego, hoy día, cayeron algunos copos de nieve
sobre el guante que alguien,
en el intertanto, había dado vuelta,
de modo que sus dedos podían cerrarse

un poco... sin formar un puño todavía.
Yo, en tanto, esperé, con la noche que venía.
Algo me dijo que no me moviera.
Aquí donde las llamas se alzan de los tarros de basura,
y los sin casa duermen de pie.




Primavera

Esto es lo que vi: nieve vieja en el suelo,
tres mirlos acicalándose,
y mi vecina que salió en camisa de dormir
a tender en la cuerda las camisas de su marido.

El viento matutino hacía difícil engancharlas,
levantó el vestido tan por encima de sus rodillas
que tuvo que dejar de hacer lo que estaba haciendo
y dio una buena carcajada mientras se cubría.





Escena callejera

Un muchachito ciego
con un letrero de papel
prendido en su pecho.
Demasiado pequeño para estar fuera
mendigando solo,
pero allí estaba.

Este extraño siglo
con sus matanzas de inocentes,
su vuelo a la luna,
y ahora él aguardándome
en una ciudad extraña,
en una calle donde me perdí.

Al oírme aproximar,
se sacó un juguete de goma
de la boca
como para decir algo,
pero no lo hizo.

Era una cabeza, la cabeza de un muñeco,
muy mordisqueado,
la levantó para que la viera.
Los dos sonrieron con una mueca.




Pirámides y esfinges

Hay una calle en París
llamada rue des Pyramides.
Una vez me imaginé que estaba llena
de arena y pirámides.

El domingo que fui allí a cerciorarme,
una pobre anciana que cojeaba
chocó conmigo sin verme.
Podría haber sido una egipcia
por su avanzada edad.

Apoyándose en un bastón y a prisa
pasó por las fachadas de las tiendas cerradas
como si hubiera un desfile en alguna parte,
o una ejecución para ver,
¡una cabeza ensangrentada sujeta por el pelo!

El día era frío. Ella pronto desapareció,
mientras yo examinaba un letrero de circo medio despegado
bajo el cual había otro
con la cabeza de una esfinge que me miraba.





La araña ausente

He aquí su tela, pero nunca vi una araña allí,
excepto una falsa, ésas hechas de goma
que se venden el fondo de una tienda
con adornos para peceras y juguetes para la bañera.

Queríamos una araña para asustar a Mary,
pero en cambio le compramos una serpiente de cascabel.
Se veía real. Se veía absolutamente mortal
con su lengua bífida saliente.

Ella gritó. No pensó que fuera divertido.
Su hermano lanzó la culebra a lo alto.
Se enrollaba y desenrrollaba como si tratara de volar.
Un árbol la enganchó. Le lanzamos piedras pero sin resultado.

Cuando llegó el invierno y el árbol perdió sus hojas
vmos la culebra agitándose en la rama
como si tuviera frío. La araña estaba
    donde estaba
atrás en la tienda.

Era negra. Incluso sus ojos lo eran.
La tienda no tenía clientes para Navidad.
Los cientos de muñecas baratas en los estantes
precían asombradas, rosadas y desnudas más
    allá de lo creíble.





Hotel Cielo Estrellado

Millones de cuartos vacíos con televisores encendidos.
No estaba yo ahí aún, pero vi todo.
El Titanic en la pantalla como un
    pastel de cumpleaños hundiéndose.
Poseidón, el recepcionista nocturno, apagó las velas.

¿Cuánta propina deberíamos dar al botones ciego?
A las tres de la mañana la máquina vende-chicles
    en el lobby vacío
con su espejo recién trizado
es la nueva Madonna con su niño.



Hotel Insomnio

Estaba a gusto en mi agujero.
La ventana daba a una pared de ladrillos.
En el cuarto de al lado había un piano.
De vez en cuando
un anciano inválido
venía a tocar My Blue Heaven.

Pero, en fin, por lo general
era un sitio tranquilo.
Había arañas
en todas las habitaciones,
y moscas atrapadas
en los hilos del humo y la vigilia,
y el aire era tan denso
que no podía verme en el espejo.

A las cinco de la mañana
se oía el ruido de unos pies descalzos.
Era el gitano de la esquina,
el adivino,
que se levantaba a mear
después de una noche de amor.
Una vez oí, incluso
el sollozo de un niño.
Estaba al otro lado,
tan cerca que pensé,
por un instante,
que era yo el que lloraba.



 

10 de abril de 2015

CHARLES SIMIC - "El tigre"




En San Francisco, ese invierno,
había una pequeña y oscura tienda
llena de Budas somnolientos.
La tarde que entré
nadie vino a saludarme.
Estaba parado entre los sabios
como si tratara de leer sus pensamientos.

Uno era enorme y hecho de piedra,
unos pocos eran del tamaño de la cabeza de un niño
y tenían manchas de color sangre seca.
Incluso había otros no más grandes que un ratón,
y parecían estar escuchando.

"Los vientos de marzo, vientos negros,
los arenosos vientos", escribió el poeta muerto.

Al ocaso su calle estaba vacía
excepto por mi larga sombra
abierta ante mí como tijeras.
Su casa estaba donde yo conté la historia
del soldado ruso,
ése que parecía chino.

Yacía herido en la cama de mi padre,
y yo le llevaba agua y fósforos.

A cambio de eso me dio un pequeño tigre
de marfil. Su hocico estaba abierto de cólera,
pero no tenía rayas.

Hubo una noche en que yo pinté
sus ojos de negro, su lengua de rojo.
Mi madre sostenía la lámpara para mí,
preocupada por el tipo de suerte
que esta bestia podría traernos.

El tigre en mi mano rugió suavemente
cuando estábamos solos en la oscuridad,
pero cuando puse mi oreja en la puerta del poeta
esa tarde, no escuché nada.

"Los vientos de marzo, vientos negros,
los vientos arenosos", escribió una vez.

CHARLES SIMIC - "Todos habían perdido la noción del tiempo"




El mundo no lo entiendo, soy yo mismo
las montañas, el mar, la agricultura,
pues mi intuición procrea un magnetismo
entre el paisaje y la literatura.

Los anchos ríos hondos en mi abismo,
al arrastrar pedazos de locura,
van por adentro del metabolismo,
como el veneno por la mordedura.

Relincha un potro en mi vocabulario,
y antiguas norias dan un son agrario,
como un novillo, a la imagen tallada.

Un gran lagar nacional hierve adentro,
y cuando busco lo inmenso lo encuentro
en la voz popular de tu mirada.