Ojalá fuese una poeta
provinciana
que hablase de la
naturaleza.
Cuando pensase en los poetas de
Londres
murmuraría siniestra: “los
odio”.
Y fuera saldría a patear el campo,
senderos salvajes
con mis vaqueros y botas
camperas.
Una poeta provinciana no necesita
carmín
ni medias ni chaquetas
respetables.
El desorden de la vida urbanita, qué
maravilla
deshacerse de ello
y pasar el tiempo en comunión con el
todo,
sentada sobre un muro seco de
piedra.
Y después de un largo día en
comunión
deambular de vuelta a casa para un
bocado,
luego al pub con gente de la
auténtica,
que se pimpla doce pintas cada
noche
para pasar las noches
provincianas
sin tanto aburrimiento ni
dolor.
¡Gente de verdad, tan sólida y
tranquila
como un autobús de Londres bajo la
lluvia!
Algún día iré a vivir al
campo
y muchos cuadernillos
llenaré
con mis observaciones sobre animales
(todos
muertos porque están más
quietos).
Ovejas muertas y conejos aplastados.
Oh, me encantará.
Mi rostro estará calmado y
bronceado
y brillará de amor por toda la
creación
exceptuando a los poetas
urbanitas.

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