Decidimos los dos abortar,
convertirnos
juntos en asesinos. El periodo que
vendría
no cambió nada. Estaban muertos, esa joven
pareja
para toda una vida.
Mientras lo hablábamos en la cama, el
accidente
no fue una sorpresa. Nos acercamos a la
ventana,
vimos los coches aplastados y el
reflejo
curvo de los añicos de cristal, como si
hubiéramos
sido nosotros. La policía sacó los
cuerpos
ensangrentados como partos por la
abertura
humeante de la puerta, los
pusieron
en un alto, los cubrieron con mantas
que
calaban. La sangre
empezó a chorrear
por mis piernas hasta las zapatillas. Me
quedé
donde estaba hasta que lanzaron el
bulto
por el agujero negro
de la ambulancia y levantaron al
otro
con una venda en la
cabeza,
con manchas donde había habido
ojos.
A la mañana siguiente tuve que
arrodillarme
en ese suelo durante una hora, limpiar mi
sangre
frotando con trapos mojados aquellas
manchas
oscuras y traslúcidas, como se deja en
agua
un tiempo el molde para ablandar el
glasé
cuando acaba el banquete.

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