Cuando mi madre habla de la Unidad de
Quemados
que ha donado al hospital de su
ciudad,
mi pelo asciende y flamea como
humo
en el aire que rodea mi cabeza. Menciona
las
camas en su nombre, los baños en suspensión
y
kilómetros cuadrados de venda, y pienso en
los
años con ella, yo su hija,
como
sin piel, dando vueltas en
carne
viva, con quemaduras de primer grado en el
noventa
por ciento del cuerpo. Solía quedarme pegada a las
puertas
que intentaba cruzar, a las sillas de las
que
intentaba levantarme,
jirones
que se desprendían fácilmente
como
carne de cerdo muy hecha, y nadie me
daba
una gasa, o un corte de mantequilla para
que
se fundiese en mi costado crujiente, pero
cuando
gritaba, ella me arrimaba a
su
plancha ardiendo, cuando la cabeza calcinada apestaba
ella
me arrastraba más y más a la
habitación
en llamas de su vida. Así que cuando habla de
su
Unidad de Quemados imagino a una
niña
que llegará allí, flotará en un
agua
turbia como lágrimas, un colgajo suspendido en
una
bañera de ungüento, chupando hielo
mientras
apagan las diminutas llamas que
quedan
en el pelo cercano al cerebro, y
digo
Déjala dormir cuanto quiera, permítele
salir
indemne, sin ninguna marca
que
honre el poder del fuego

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