Cuando morí por primera vez,
—todavía
recuerdo cómo fue—
morí por mí y en silencio,
fue en Hamburgo, en abril,
y tenia dieciocho años.
Y cuando morí por segunda vez,
morir dolió tanto.
Te legué apenas nada:
mi palpitante corazón delante de tu puerta,
huellas rojas en la nieve.
Pero cuando morí por tercera vez
no dolió mucho.
Tan cotidiano como cama y pan
y vestido y calzado fue la muerte para mí.
Ahora he dejado de morir.

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