10 de abril de 2015

ELISABETH BISHOP - "Crusoe en Inglaterra"




Un nuevo volcán entró en erupción,
dicen los diarios, y la semana pasada estuve leyendo
que un barco vio nacer una isla:
primero un soplo de vapor, a diez millas;
y luego una mancha negra, —probablemente basalto—
apareció en los prismáticos del primer oficial
y se fijó en el horizonte como una mosca.
Le dieron nombre. Pero mi pobre vieja isla sigue siendo
no- redescubierta, no- renombrada.
Ninguno de los libros jamás acertó.

Bueno, yo tenía cincuenta y dos
miserables, pequeños volcanes que podía escalar
con unas pocas resbalosas zancadas—
volcanes muertos como pilas de ceniza.
Yo solía sentarme al borde del más alto
y contaba los otros que estaban de pie,
desnudos y plomizos, con sus cabezas arrancadas.
Pensaba que si fueran del tamaño
que yo creía que los volcanes deben ser, entonces me había
convertido en un gigante;
y si me había convertido en un gigante,
no podía soportar pensar de qué tamaño
eran las cabras y tortugas,
o las gaviotas o los pichones volteadores superpuestos
—un hexágono brillante de pichones
rodeándome y rodeándome, pero no del todo,
brillando y brillando, aunque el cielo
estuviera mayormente nublado.

Mi isla parecía ser
una especie de basurero de nubes. Todos los restos
de nubes del hemisferio llegaron y se tendieron
arriba de los cráteres —sus gargantas sedientas
eran calientes al tacto.
¿Fue por eso que llovía tanto?
¿Y por eso a veces todo el lugar siseaba?
Las tortugas se movían pesadamente, abovedadas,
silbando como teteras.
(Y yo hubiera entregado años, o tomado unos pocos,
por cualquier tipo de tetera, por supuesto.)
Los pliegues de lava, extendiéndose hacia el mar,
silbarían. Me daría vuelta. Y después resultarían
ser más tortugas.
Las playas eran todo lava, multicolor,
negra, roja y blanca, y gris;
los colores veteados se veían bien.
Y había trombas marinas. Oh,
media docena a la vez, lejos,
yendo y viniendo, avanzando y retrocediendo,
sus cabezas en nubes, sus pies en parches en movimiento
de rayones blancos.
Chimeneas de vidrio, flexibles, debilitadas,
seres sacerdotales de vidrio... Vi
como subía el agua en espiral por ellos como humo.
Hermosas, sí, pero no gran compañía.

A menudo sentí compasión de mí mismo.
“¿Merezco esto? Supongo que sí.
No estaría aquí de lo contrario. ¿Hubo
un momento en el que realmente elegí esto?
No lo recuerdo, pero podría ser”.
¿Qué hay de malo en la auto-compasión, de todos modos?
Con las piernas colgando hacia abajo confiadamente
al borde de un cráter, me dije
“La compasión empieza por casa”. Así que cuanto más
compasión sentía, más me sentía como en casa.

El sol se ponía en el mar; el mismo sol extraño
salía del mar,
y había uno de él y uno de mí.
La isla tenía una de cada especie:
un caracol de árbol, azul-violeta brillante
con una caparazón delgada, se trepaba a todo,
a la única especie de árbol,
un asunto oscuro y menor.
Las caparazones de caracol se amontaban debajo de ellos,
y a la distancia,
uno hubiera jurado que eran macizos de lirios.
Había un tipo de baya, rojo oscuro.
Las probé, una a una, con horas de diferencia.
Sub-ácidas, y nada malas, sin efectos nocivos;
y entonces hice cerveza casera. Bebía
ese horrible, efervescente, hediondo producto
que subía directo a mi cabeza
y tocaba mi flauta casera
(Creo que tenía la escala más rara en la tierra)
y, mareado, gritaba y bailaba entre las cabras.
¡Hecho en casa, hecho en casa! ¿No lo somos todos?
Sentía un profundo afecto por
la más pequeña de mis manufacturas insulares.
No, no exactamente, ya que la más pequeña era
una filosofía miserable.

Porque no sabía lo suficiente.
¿Por qué no sabía lo suficiente de algo?
¿Drama griego o astronomía? Los libros
que había leído estaban llenos de espacios en blanco;
los poemas —bueno, traté de
recitarle a mis lirios,
“Ellos resplandecen sobre ese ojo interior,
que es la dicha...” ¿La dicha de qué?
Una de las primeras cosas que hice
cuando regresé fue buscarlo en el diccionario.

La isla olía a cabra y guano.
Las cabras eran blancas, también las gaviotas,
y ambas demasiado mansas, o quizás pensaban
que yo era una cabra, también, o una gaviota.
Bee, bee, bee y chillido, chillido, chillido,
bee ... chillido ... bee ... Todavía no puedo sacármelos
de mis oídos; sino que duelen ahora.
Los chillidos cuestionando las respuestas equívocas
en un terreno de lluvia sibilante
y sibilantes tortugas ambulantes
que me ponían los nervios de punta.
Cuando todas las gaviotas volaban a la vez, sonaban
como un árbol grande al viento fuerte, sus hojas.
Yo cerraba los ojos y pensaba en un árbol,
un roble, digamos, con sombra de verdad, en alguna parte.
Había oído de ganado que se enfermaba a causa de la isla.
Creí que las cabras lo estaban.
Un macho cabrío se pararía en el volcán
que había bautizado Mont d'Espoir o Mount Despair
(Tenía tiempo suficiente para jugar con nombres),
y balaría y balaría, y olería el aire.
Yo le agarraba la barba y lo miraba.
Sus pupilas, horizontales, se encogían
y no expresaban nada, o un poco de maldad.
¡Hasta los colores mismos me cansaban!
Un día teñí una cabrita de rojo brillante
con mis bayas rojas, sólo para ver
algo un poco distinto.
Y entonces su madre no lo reconocería.

Los sueños eran lo peor. Por supuesto soñaba con comida
y amor, pero era agradable
sobre todo. Aunque entonces soñaba con cosas
como cortarle el pescuezo a un bebé, confundiéndolo
para un cabrito. Tenía
pesadillas de otras islas
que se extendían lejos de la mía, infinidad
de islas, islas engendrando islas,
como los huevos de rana que se convierten en renacuajos
de islas, sabiendo que tenía que vivir
en todas y cada una, con el tiempo,
por siglos, registrando su flora,
su fauna, su geografía.

Justo cuando pensaba que no podía soportarlo
ni un minuto más, llegó Viernes.
(Estas explicaciones están todas mal.)
Viernes era agradable.
Viernes era agradable, y éramos amigos.
¡Si sólo hubiera sido una mujer!
Yo quería propagar mi especie,
y así lo hizo él, creo yo, pobre muchacho.
A veces acariciaba a los cabritos,
y corría con ellos, o los cargaba.
—Lindo para mirar; tenía un cuerpo hermoso.

Y entonces un día vinieron y nos echaron de allí.

Ahora vivo aquí, en otra isla,
que no parece serlo, pero ¿quién sabe?
Mi sangre estaba llena de ellas; mi cerebro
criaba islas. Pero ese archipiélago
se extinguió. Soy viejo.
Estoy aburrido, también, bebiendo mi té de verdad,
rodeado de aburridos trastos viejos.
El cuchillo ahí en el estante—
apestaba a sentido, como un crucifijo.
Vivía. ¿Durante cuántos años
le rogué, le imploré que no se rompiera?
Conocía cada muesca y rasguño de memoria,
la hoja azul, la punta rota,
las vetas de la madera en el mango...
Ahora ya no me mira.
El alma se ha esfumado.
Mis ojos se posan en él y siguen su curso.

El museo local me pidió
que les deje todo:
la flauta, el cuchillo, los zapatos ajados,
mis pantalones de piel de cabra gastados,
(la piel se llenó de polillas),
la sombrilla que me costó tanto tiempo
recordar cómo van las varillas.
Todavía funciona, pero, plegada,
se parece a un ave desplumada y flaca.
¿Cómo puede alguien querer estas cosas?
–Y Viernes, mi querido Viernes, murió de sarampión
en marzo, hace diecisiete años.
 (Traducción: Silvia Camerotto)

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