Sabemos a ciencia cierta que entre
los planes de Dios no está el que los hombres vivan en este mundo sin trabajar;
pero me parece no menos evidente que Su intención es que los hombres sean felices en su trabajo. Está escrito
que «con el sudor de tu frente» comerás pan, pero no «con el dolor de tu
corazón»; y descubro que, si por un lado, ríos infinitos de miseria nacen de la
existencia de gente ociosa que no hace lo que debe y que despierta toda clase de
conflictos en asuntos que no son de su incumbencia, por otro, un río no menor de
miseria nace de gente infeliz y abrumada por el trabajo, por la sombría idea de
trabajo que se forjan y que inoculan en los demás. Incluso si esto no fuera
cierto, creo que el hecho de que sean infelices es por sí solo una violación de
la ley divina, un síntoma de locura o de pecado en su forma de vida. Ahora bien,
para que alguien sea feliz en su trabajo se precisan tres cosas: debe estar
cualificado para su tarea; esta no debe ser excesiva; y ese alguien debe sentir
que la ha culminado con éxito; no una percepción dudosa que necesite del
testimonio o la confirmación de otras personas, sino la certeza, o más bien el
conocimiento, de que ha cumplido bien y de manera productiva con su tarea, sin
importar lo que piense o diga el mundo. Así pues, para que una persona sea feliz
no solo hace falta que sea competente, sino también que sepa enjuiciar su propio
trabajo.
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