No acudas a mi casa por el
pan que se pudre
mohoso el mismo día, entre
los dientes,
ven por el beso robado a
los abismos
y la loca inquietud que
ocurre al alba.
Ven por el gozo que se
eleva en la lluvia
nacida de la boca furtiva
del silencio.
No quieras regalarme la
copa de la muerte
porque no están quietas mis
aguas y sus olas
puede que sin mi anuencia,
golpeen en tu rostro.
No inviertas tu botín en el
banco de mi lengua,
ella es ave de paso cuya
orfandad asusta,
sus trinos van ausentes de
rosados celajes
y se hermanan al llanto de
la noche en el mundo.
Ven con rumor de aguas
desde el gris de la niebla,
desnudo, si es posible y
con el rostro niño
sin otra pertenencia que el
juego en los portales
y la risa del ángel de tu
madre, en la cuna.
Pero, si no has tenido
rostro en tu cuerpo de infancia
ni juego en los portales,
ni madre con su ángel,
ven entonces, tan pronto
como tus alas puedan:
Erato está buscando con
afán y celo
al hijo de su lira que se
había perdido.
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