Tras una más que
dulce
batalla con Amor,
la luna del
armario
enfrente, ya no
hay
vuelta de hoja
-digo
entre mí-, no es muy
recta
la línea que
forman
mi cuello y mi cabeza:
con la columna
firme
sobre un firme colchón,
mi cabeza no
alcanza
a tocar la almohada.
No tiene buena
pinta
la sonrisa
zorruna
que sin reparo alguno
me dirige el espejo,
trayéndome a la
mente
el delicado instante
en que
introducirán
-lo intentarán, al
menos-
mi cuerpo endurecido,
curvado en su ataúd.
Todo ello, por cierto,
-decía yo entre mí,
después de un más que
dulce
amor
batallador-,
si mi columna no
se
rinde, no me
incineran
y acompaña la
suerte
de morir de una pieza.
Y es que por estas
tierras
nunca se sabe cómo.

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