Tarde a tarde, lo veían.
Lejos de los demás, el guri se sentaba a la sombra de la enramada, con la
espalda contra el tronco de un árbol y la cabeza gacha. Los dedos de su mano
derecha le bailaban bajo el mentón, baila que te baila como si él estuviera
rascándose el pecho con alevosa alegría, y al mismo tiempo su mano izquierda,
suspendida en el aire, se abría y se cerraba con pulsaciones rápidas. Los demás
le habían aceptado, sin preguntas, la costumbre.
El perro se sentaba, sobre
las patas de atrás, a su lado. Ahí se quedaban hasta que caía la noche. El perro
paraba las orejas y el guri, con el ceño fruncido por detrás de la cortina de
pelo sin color, le daba libertad a sus dedos para que se movieran en el aire.
Los dedos estaban libres y vivos, vibrándole a la altura del pecho y de las
puntas de los dedos nacía el rumor del viento entre las ramas de los eucaliptus
y el repiqueteo de la lluvia sobre los techos, nacían las voces de las
lavanderas en el río y el aleteo estrepitoso de los pájaros que se abalanzaban,
al medio día, con los picos abiertos por la sed. A veces a los dedos les
brotaban, de puro entusiasmo, un galope de caballos: los caballos venían
galopando por la tierra, el trueno de los cascos sobre las colinas, y los dedos
se enloquecían para celebrarlo. El aire olía a hinojos y a
cedrones.
Un día le regalaron, los
demás, una guitarra. El guri acarició la madera de la caja, lustrosa y linda de
tocar, y las seis cuerdas a lo largo del diapasón. La probó, la guitarra sonaba
bien. Y él pensó: qué suerte. Pensó: ahora tengo dos.

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