Desde hace
algún tiempo vuelven a perserguirme las pesadillas nocturnas. Ya no sueño con
casas, sueño con palabras. En mis sueños hablo una lengua desaforada e indómita,
una lengua con doble fondo, cuyas palabras se portan como el payaso de la caja
sorpresa o como "la higa en el bolsillo". Suelo pronunciar monólogos que
reflejan mi humor variable, desgrano las palabras, hablo mucho y dolorosamente,
paso las hojas de un libro de reclamaciones interminable. A menudo me despierta
del sueño mi propio aullido, parecido al de un perro. En el sueño pueblo con
palabras el espacio a mi alrededor. Las palabras aumentan, me envuelven como
lianas, brotan como helechos, crecen como la pasiflora, se abren como los
nenúfares, me cubren como orquídeas salvajes. La lujuriosa selva de palabras me
corta la respiración. Por la mañana, agotada por la pesadilla, me pregunto si
debería interpretar esa exuberancia léxica nocturna como un castigo o como un
perdón.
¿Presentamos novedades editoriales? No. ¿hacemos crítica de libros? No. ¿Organizamos concursos o premios? No. ¿Anunciamos presentaciones o eventos? No. ¿Y entonces? ¿?.. ¡Somos libreros!
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