9 de abril de 2015

DUBRAVKA UGRESIC de "El Ministerio del dolor"




Desde hace algún tiempo vuelven a perserguirme las pesadillas nocturnas. Ya no sueño con casas, sueño con palabras. En mis sueños hablo una lengua desaforada e indómita, una lengua con doble fondo, cuyas palabras se portan como el payaso de la caja sorpresa o como "la higa en el bolsillo". Suelo pronunciar monólogos que reflejan mi humor variable, desgrano las palabras, hablo mucho y dolorosamente, paso las hojas de un libro de reclamaciones interminable. A menudo me despierta del sueño mi propio aullido, parecido al de un perro. En el sueño pueblo con palabras el espacio a mi alrededor. Las palabras aumentan, me envuelven como lianas, brotan como helechos, crecen como la pasiflora, se abren como los nenúfares, me cubren como orquídeas salvajes. La lujuriosa selva de palabras me corta la respiración. Por la mañana, agotada por la pesadilla, me pregunto si debería interpretar esa exuberancia léxica nocturna como un castigo o como un perdón.
 
 

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