Era una noche para
escuchar a Corelli, Geminiani
o Manfredini. Las
mesas fueron tendidas con bellos manteles blancos
y buques de flores.
Afuera de los ventanales
la lluvia horadaba
sin piedad el jardín de roca, que le quitaba importancia
a todo el asunto.
Tanto los negocios como la diversión esperaban
con labios
entreabiertos, por tantos nuevos modos de estar
con la propia emoción
y monitoreándola al mismo tiempo
era dicha en
silencio. Incluso los mozos estaban felices.
Era el ejemplo de
cuánto puede uno animarse
sin romper el
caparazón de la intimidad que nos rodea,
y el resto también.
"Pasamos tanto tiempo
tratando de
convencernos de que somos felices que no reconocemos
lo verdadero cuando
llega", dijo el empleado de Disney.
Debemos admitir que
lo tiene claro. Si siguiéramos a la naturaleza
más de cerca nos
daríamos cuenta de ello, quiero decir meter la cabeza
en el barro y su
incertidumbre de ella. Entonces es como si
la felicidad nos
quedara chica, y no al revés, como se cree
por lo general. Somos
los personajes en su novela,
y cualquiera que dude
solo necesita mirar por la ventana
más allá del reflejo
de él o de ella, hacia la luminosa, copiada,
atemporal verdad no
oficial merodeando por ahí,
esperando la señal
para entrar en acción en un escenario público,
alegre o amenazante,
da lo mismo, mientras sepamos que
está adentro, aquí
con nosotros.
Pero la gente en la
vida cambia,
así como en la
ficción. ¿Y qué pasa? ¿Es porque pensamos que nadie
está escuchando que
un día llega la urgencia de borrarse,
"Matate", como dicen?
Como si esto pudiera importarle
incluso a los que se
preocupan y se amontonan alrededor,
expresiones de
liviandad y de paz en sus rostros,
en los que no tienes
ningún rol quizás, pero aun así
su felicidad es para
ti, es tu cumpleaños, e incluso
cuando los globos y
la falsedad se mezclan con los buenos
deseos superfluos de
todos lados, son, creo, para ordenar
tu actitud
inquisidora y la impresión
que queda en el
interior de tu placer por algún bivalvo
con quien te sientes
identificado. Por supuesto,
nada es lo
suficientemente perfecto, pero esto es parte de cómo
encaja
en la variada bolsa
de los restos del
personaje que solía ser parte de ti
antes de que el
cambio ocurriera
y de todos esos
conocidos emergiendo con vigor y
humor, como si
quisieran convocarte
hacia la intimidad,
no por ser íntimo, o acogedor, o lo que fuere,
sino porque creen que
fuiste hecho para esta única
y valiosa situación
cuya tapa se abre, por completo
hacia la gloria
matinal del colorido futuro. Recuerda, no tires
el cuadrante de
situaciones no habituales solo porque están ahí.
Pueden no estar
siempre, y no has terminado de mirar a través
de ellas aun. Mucho
de lo que pasa pasa de algún modo
que alguien iba a
llegar para tabular, y nunca lo hizo,
y aun así todo denota
frescura, claridad y un viaje uniforme
para persuadirnos de
no dormir y nos lleva a preguntarnos qué nos dejarán
después la nueva
tanda de impresiones y saludos
esta vez. Y la forma,
los preceptos, son tuyos para hacer lo que te place,
como el océano hace
hierbas, y al hacerlo renueva un faro
en una colina
distante, o si no deja que la imagen completa se escurra en la
espuma.

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